enero 06, 2012

José María Contursi: Variaciones de la ausencia






(Conferencia correspondiente al Plenario del 19 de Diciembre de 2011 de la Academia Nacional del Tango celebrado Salón Hugo Del Carril de UTHGRA, Av. De Mayo 930)

Introducción

Es conveniente señalar -a riesgo de decepcionarlos- que esta tarde no he venido a hablar de la vida de José María Contursi, sino de su obra. La biografía podrán encontrarla perfectamente detallada en el “Libro del Tango” de Horacio Ferrer. Allí podrán leer, además, el encuadre preciso de las coordenadas estilísticas, es decir formales, de su época, y la semblanza depurada y honda que el maestro Ferrer ha elaborado para caracterizarlo acertadamente entre los mayores exponentes de la Generación del 40. Los escuetos datos biográficos que mencionaré serán solamente en función de apuntalar algunos elementos cercanos al análisis propuesto en este sencillo coloquio.
La obra de los grandes autores es siempre la historia de una obsesión. El primer tango canción, esa pieza fundante del género que es “Mi noche triste” con versos de Pascual Contursi, postula un tema que sometido a innumeras variaciones será la obsesión de su hijo José María, ese tema es la ausencia. Las distintas fases de la ausencia amorosa y no el abandono o la traición es el sello distintivo y conmovedor de toda la obra de José María Contursi. La ausencia será, además, una circunstancia que lo afectará desde niño. Es conocido el trágico derrotero bohemio de Pascual Contursi, su vida novelesca y errabunda posiblemente agravada por el afán tremendista de algunos biógrafos. Su breve matrimonio con Hilda Briamo -anterior a su gloria- propició el nacimiento de José María Contursi el 31 de octubre de 1911. En 1913 el matrimonio se separó. Un riguroso calendario acordado por sus padres determinará el tiempo compartido por períodos de seis meses con cada uno. Escenas de despedidas, de añoranzas se sucederán en medio de los años de estudio pasados en el prestigioso Colegio San José del que fuera bibliotecario. La penosa situación en que vivió su padre los años previos a su muerte ocurrida en 1932, recluido en el Hospicio de las Mercedes, se repetirá quince años más tarde cuando Hilda, su madre, también muera con la razón ausente. Sin atribuirlo necesariamente a ese contexto familiar no es ocioso constatar que en ninguno de los tangos de José María Contursi aludirá a la idea de familia, ni siquiera mencionará a la madre o al padre. El amor en las letras de Contursi será una experiencia solitaria y malograda. La mujer amada estará siempre a merced de la distancia ya sea producto de los celos en “Como aquella princesa”, agostada por la muerte en “Claveles blancos” y en “Verdemar”, alejada por el hastío o los avatares del amor en “Gricel”, “Toda mi vida”, “Tu piel de jazmín”, reinventada por la rememoración incesante en “Cosas olvidadas” o clamada en el pathos fatal de la agonía en “Garras” o en “Más allá”. La fuente en la que abrevará José María Contursi probablemente haya sido la de los poetas del modernismo no tanto en los recursos o en el vocabulario -con excepción de “Como aquella princesa” donde apela al encantamiento de lo exótico- pero sí en el universo temático: el hastío de vivir, la evasión escapista (en el caso de las letras de Contursi mediante el subterfugio del alcohol), la idealización de la mujer, la recurrencia del amor imposible, la soledad trágica que antecede a la agonía, la evocación aciaga, la nocturnidad como envoltorio del drama pasional, la muerte precedida de la evocación sentimental, el lamento frente a la juventud perdida. Un examen detallado de la producción autoral de José María Contursi nos permite corroborar el título de esta breve conferencia. A grosso modo es posible establecer una serie de variaciones de la ausencia en la obra de José María Contursi: la distancia física; el olvido, los fantasmas y el alcohol; el remordimiento y la culpa; las transformaciones del tiempo: la vejez; y la muerte.


1. La distancia

La distancia -en la obra de José María Contursi- remite a la ausencia del ser amado. Se trata de una ausencia física puesto que la mujer amada posee la facultad de regir desde el pasado el entramado anímico del hombre que ha quedado prisionero de su sombra. Si el amor reclama la correspondencia y la unión para consumarse o consumirse, la distancia es el principal valor antagónico, la amenaza, la sombra del amor, su impedimento. La distancia no siempre resulta de un viaje, de una traslación en el espacio, la distancia más dramática es la que sucede en la cercanía: “...me aturdo al saberte tan cerca y tan distante...” (Tabaco). El abismo está siempre al alcance de la mano en los tangos de José María Contursi. Los partidarios de analizar la obra de un artista pensándola como reflejo de su vida podrán argumentar que el amor atormentado de José María Contursi por Susana Gricel Viganó, la distancia que los separaba: ella vivía en Capilla del Monte, Provincia de Córdoba, él en Buenos Aires, podría explicar este protagonismo excluyente de la ausencia. Es probable. Esas letras hablan de distancias humanas, la distancia de no reconocerse ya en el otro, por ejemplo, como sucede en “Como dos extraños”, o la distancia metafísica insalvable por estar enraizada en el vértigo de la memoria. La distancia es una de las tantas formas creadas para expresar el tiempo. La distancia y el tiempo son hilos de una misma trama regida por la ausencia.

“Más allá donde el viento
tal vez un amor escondió
ha podido sus penas contar mi corazón...”
(“Mas allá”, con música de Joaquín Mora)

El amor se revela frente al cerco de la temporalidad humana para aferrarse al abismo del confín. La memoria desbordada reclama mansamente su parcela a la eternidad.

“Mas allá de la muerte y de Dios,
óyeme, más allá
puede ser que me aleje de ti
la eternidad...”
(“Mas allá”, con música de Joaquín Mora)


2. El olvido, los fantasmas y el alcohol

La distancia como forma de la ausencia se abraza al olvido, otro de los tópicos desarrollados por el poeta:

“...y en el aroma del tabaco tu fragancia
me conversa de distancias, de tu olvido y mi locura...”
(“Tabaco”, con música de Armando Pontier)

Invariablemente en el tango el olvido es propugnado como un alivio imposible de alcanzar. El sustentáculo del alcohol, la bacanal vocinglera entre copas, tangos, mujeres de ocasión y besos falsos, la confesión embebida en tinto, caña o ginebra, la necesidad de aturdirse para calmar la llaga sensible de la conciencia memoriosa y repetida serán algunas de las estratagemas para invocar al olvido bienhechor.

“¡A ver, que sirvan más copas
para poder olvidar!”
(“A mi no me hablen de tango”, con música de Juan José Paz)

“...y, queriendo olvidar, busqué en el alcoholconsumir mis quebrantos...” [1]
(“Más allá”, música de J. Mora)

Ambrose Bierce definía al olvido como “Estado en que los infames dejan de luchar y los tristes reposan...Habitación desprovista de reloj despertador[2]”. Más allá de la ironía desplegada por el autor, esta definición -incluida en el Diccionario del Diablo- puede aplicarse sin demasiadas modificaciones a los sufrientes personajes de los tangos de José María Contursi. Han cesado de luchar desde el momento en que el único remedio posible para vencer la desesperación lo provee algo de signo tan improbable como el olvido. Olvidar es la consigna del hombre sufrido que retrata Contursi. Harto de escuchar los ladridos del pasado, su cancel de ecos fermentados en la ulceración de las glorias perdidas, el hombre asume su condición de paria de la memoria con el sobrante de dignidad que presta la tristeza. Su zozobra está poblada de fantasmas. El poeta alude a los fantasmas como una metáfora de los recuerdos. Un fantasma es una imagen del pasado, un espejismo, una apariencia farragosa e incondicional.

“...tu voz que llora y me nombra
mientras más aún se asombran
los fantasmas de esta noche...”
(“Tabaco”, con música de Armando Pontier)

“Son mil fantasmas al volver, burlándose de mí,
las horas de ese muerto ayer...”
(“Como dos extraños”, música de Pedro Laurenz)

“Fantasma febril que se aleja burlón...”
(“La noche que te fuiste”, música de Osmar Maderna)

“No pude hablar cuando la vi...
Quise llorar... y sonreí.
Y al arrojarse sollozando entre mis brazos,
se cayeron a pedazos
los fantasmas de mi desesperación...”
(“Es mejor perdonar”, música de Pedro Laurenz)


“Todo me habla de su olvido...”, dice José María Contursi en “Pena de amor” con música de Jorge Fernández. El olvido es la ausencia, una ausencia irremediable puesto que se origina en el centro mismo del deseo. Contursi trabajará con dos formas del olvido: la del ser amado que hace del olvido una modalidad de la indiferencia,

“Si te mí te has olvidadose acabará mi vida...Y en este drama horrendode andar por ti llorandoyo sé que ni muriendode ti me olvidaré...”
(“Si de mí te has olvidado”, música de Osvaldo Fresedo)

el temor de ser olvidado se funda en la certeza de que el olvido es una forma de la muerte, cuando nos olvidan dejamos de ser una presencia en la memoria del otro para ser “un pasaje de su vida, nada más”, tal como refiere José María Contursi en un verso de “Toda mi vida”. Estar presente en el otro exige al menos el refugio de la añoranza. Por esa razón el tango “Cada vez que me recuerdes” esconde la esperanza de saber que en la mente de la mujer amada el amor continuará despierto.

“Más fuerte que tu olvido,
el tiempo y la distancia,
se ensaña, tenaz con mi desolación,
el remordimiento de todo el pasado
¡todo mi pasado trágico y burlón!”
(“La noche que te fuiste”, con música de Osmar Maderna)

Pedirle al otro que nos olvide constituye uno de los modos más dramáticos del abandono porque el olvido es un eufemismo de la muerte, por lo tanto, le estamos pidiendo al otro lo que ya hemos podido hacer nosotros: dejar de amarlo, es decir, lo hemos matado dentro de nuestra conciencia, lo expulsamos a los arrabales de la amnesia.

“...me has pedido
que te deje, que me vaya,
que te hunda en el olvido....”
(“Sin Lágrimas”, con música de Charlo)

La segunda modalidad del olvido es la que se impone el hombre sufriente que no sabe cómo orientar su desesperación, desesperación que vive como una derrota, contradiciendo aquella frase de Hemingway en “El Viejo y el mar”: ...”un hombre puede estar destrozado pero no derrotado...” Si Hemingway decía que “el hombre no estaba hecho para la derrota” era porque un resto de voluntad le permitía todavía batirse con el gran pez arriesgando conscientemente su vida. Eso no sucede con el hombre trágico de Contursi que se entrega a la esperanza del olvido para borrarlo todo, ¡todo!, hasta su propia vida.

“Todo para mí se ha terminado
todo para mí se torna olvido...”
(“Cristal”, con música de Mariano Mores)

En los versos de José María Contursi la distancia y el olvido no obedecen a otra explicación que a la voluntad de ausencia de la mujer amada, al abandono o al hastío.

“Como un fantasma gris llegó el hastío
hasta tu corazón que aún era mío,
y poco a poco te fue envolvciendo
y poco a poco te fuiste yendo...”
(“Cada vez que me recuerdes”, con música de Mariano Mores)

“Cual un fantasma me quiere envolverel desconcierto de la realidad...Tras el olvido llevaré mis pasosy allá... en el ocaso¡te habré de esperar!”
(“Sin esperanzas”, con música de Joaquin Mora)

También enfatiza Contursi en algunos de sus versos la obstinación del hombre enamorado por reafirmar en la memoria la evidencia del amor pasado. Si el otro es capaz de olvidar, los sujetos que habitan en “Cristal”, “Garras”, “Las cosas que me han quedado”, por citar uno pocos, son una memoria, pura memoria destilando nostalgias, oponiéndose a la inconstancia del cariño, a la angustia de comprender que el amor es una etapa, un pasaje, un momento.

“Cosas de un tiempo pasadoque recuerdan lo perdido...Ella nunca me ha buscadoy aunque viejo y olvidadoyo a mi Ñata no la olvido...¡Las cosas que me han quedadoy recuerdan lo perdido!”
(“Las cosas que me han quedado”, con música de Armando Pontier)


3. El Remordimiento y la culpa

La palabra remordimiento abunda en el vocabulario de José María Contursi. El remordimiento implica un retorno al pasado, la recuperación de un conflicto insuperable. Siente remordimientos el sujeto que se sabe responsable de un desliz y lo recuerda anclado en los avatares de la memoria, rememora la escena del trauma una noche de copas, como sucede en algunos tangos. El remordimiento es también una de las facetas de la memoria abierta, incapaz de olvidar, porque si los sujetos que trenzan sus cuitas en las letras de José María Contursi son pura memoria lo son a costa de ser pura conciencia, conciencia derramada en la derrota.

“Remordimiento de saber
que por mi culpa, nunca,
vida, nunca te veré...”
(“En esta tarde gris”, con música de Mariano Mores)

George Bataille decía que “no tenemos otra salida que la conciencia[3]”. Pero la conciencia puede ofrecer una salida mientras no haya quedado detenida en la rémora de la culpa y la compunción. La conciencia es el grado de discernimiento que tiene el sujeto sobre sí mismo, y sobre su entorno. Probablemente el verdadero drama de los personajes de José María Contursi es que no pueden acallar esa gran voz de la conciencia que los detiene en la misma pena, en ese gesto obsesivo de volver una y otra vez sobre la ausencia del ser amado amplificando los quebrantos.
Merodea el fondo de toda separación la sombra de una culpa, una culpa que es siempre el nombre que adopta el fracaso. Si algo es verdaderamente admirable en los planteos de las letras de José María Contursi es la ausencia de toda acusación, de todo señalamiento ético. Evita el recurso fácil de enrostrarle a la mujer la responsabilidad del fracaso. Esto no significa que no haya un culpable, la auto-imputación del error ha sido otra de las marcas de José María Contursi:

“Yo se bien que soy culpable
de este drama interminable
que es morir y no morir...”
(“Culpable”, con música de Miguel Caló y Armando Baliotti)


4. Las transformaciones del tiempo: la vejez

El efecto transformador o deformador del tiempo en el tango asume en el reencuentro de los viejos amantes su modalidad de representación más eficaz. La escena del reencuentro reconoce antecedentes inspirados en “Esta noche me emborracho” de Enrique Santos Discépolo, escrito en clave irónica, mordaz y despiadada, y en otro tango, “Volvió una noche”, con versos de Alfredo Le Pera concebido en un tono conmovedor, romántico, intimista, sin olvidar esa gema con letra de Claudio Frollo: “Sólo se quiere una vez”.

“Ya ves... estoy mucho más viejo
y vos igual a aquellos días
que tanto... tanto me querías,
ya nada queda... ¡todo se fue!”
(“Cosas olvidadas”, con música de Antonio Rodio)

El hiato de todo lo vivido enfatiza las marcas de la ausencia en los tangos de José María Contursi. “Como dos extraños” es el más popular de ese repertorio de encuentros en cuya letra se expresa la única lección que imparte abiertamente el tiempo: “cómo cambia las cosas los años”. Recordar es aceptar el abismo que toda recuperación del pasado no puede sortear. La gran ausente en esa circunstancia es la juventud. Mencionamos en la introducción de este breve escrito la probable gravitación que el Modernismo tuvo sobre la generación de poetas románticos a la que perteneció José María Contursi. Justamente uno de los tópicos de esta corriente literaria es la angustia emanada de la comprobación -siempre dolorosa- de la marcha del tiempo y sus estragos, tema éste que ha sido patrimonio de la poesía factiblemente desde sus orígenes. “Canción de otoño en primavera” de Rubén Darío es el ejemplo arquetípico de esta cuestión, sus versos han sido citados en no pocos tangos: “Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ Cuando quiero llorar no lloro/ y a veces lloro sin querer...” Esta letanía se repite a lo largo del poema como una confirmación del tiempo ido. El poema de Darío es un racconto de los amores pasados bajo la luz implacable de la conciencia evocadora que mide el peso de todo lo perdido. José María Contursi reflexiona sobre este tópico en plena juventud, cuando los escombros de la vejez parecían un drama ajeno. Digamos, al pasar, que toda su obra fue creada en plena juventud. La madurez encontrará a Katunga replegado sobre los fantasmas de una bohemia dolorosa y fértil contemplada a través de un vidrio empañado. La vejez también puede pensarse como un estado de ánimo, evadiendo la tendencia poco afortunada de relacionarla con el calendario deshojado.

“Me entristecen estas calles, las estrellas y la esquina
con perfumes de glicinas y colores de malvón...
Es que estoy mucho más viejo, melancólico y más flojo
y me sale por los ojos hecha llanto mi emoción...”
(“Mis amigos de ayer”, con música de Francisco Lomuto)

La decadencia física, la vejez, será una de las obsesiones de esos tangos de José María Contursi. El cuerpo, objeto del deseo es ahora la manifestación de la derrota del tiempo que va dejando sus nichos en la piel. En las letras de Contursi la vejez se opone a la voluntad romántica de la juventud:

“Pobrecita,¡qué vieja y pálida estaba!Sin brillosus negros ojos miraban...La vidaquiso ensañarse con ella...¡Pensar que fue tan bellay que hoy el mundo la olvida!”
(“Al verla pasar”, con música de Joaquín Mora)
Los regresos o los reencuentros en los tangos no sólo sirven para confirmar el abismo que separa a los amantes, sino los efectos del tiempo, ese escultor avieso que roba la lozanía y la belleza con la discreción de los tahúres. En “Al verla pasar” y en “Como dos extraños” José María Contursi va utilizar una palabra de signo claramente religioso: salvación.

“Con cuánta pena miré lo que creí
sería mi salvación...”
(“Al verla pasar”, con música de Joaquín Mora)
“Me lo pedía el corazóny entonces te busquécreyéndote mi salvación...”
(“Como dos extraños”, con música de Pedro Laurenz)

Las citas dan cuenta de una sorprendente similitud, probablemente hayan sido escritas por la misma época, es decir, en torno a 1940. En ambos casos la salvación parece provenir del pasado y se reduce a una persona: la mujer amada. La utilización de esta expresión convierte al personaje del tango en un mártir, en alguien sumido en las penumbras de la fatalidad, en un infierno del que solamente podría ser liberado si se restableciera lo que ha sido dañado, lo que se ha malogrado: el amor. En el tango “Para qué” la salvación vendrá también de la mano de una mujer, gesto que no puede más que contribuir a su idealización:
“...para qué buscar su manotabla de mi salvación,si de mí ya ni el recuerdo quedó,para qué, mi Dios...”
(“Para qué”, con música de Domingo Varela Conte y Oscar Amoroso)


5. LA MUERTE

Afirmar que José María Contursi fue un poeta elegíaco nos obliga a revalidar que la ausencia ha sido el gran tema de su obra. Las variaciones que trazó sobre la ausencia permiten imaginar un arco que se extiende desde la cercanía plagada de distancias (“me aturdo al saberte tan cerca y tan distante” - Tabaco) hasta los avatares de la muerte que es el grado definitivo, irremediable y fatal de todo alejamiento, de todo abandono:

“Nunca más
tu voz me llamará
,ya nunca, nunca mástu boca besaré...”
(“Claveles blancos”, con música de Armando Pontier)

Toda la obra de José María Contursi ha sido edificada sobre las antas de lo perdido, lo extinguido, lo yerto. Los dos tangos más conocidos de la producción de José María Contursi que reflexionan sobre la muerte son “Verdemar” y “Claveles Blancos”. Esta serie de obras elegíacas nos recuerdan, quizá, de un modo lejano e improbable, a “la amada inmóvil” de Amado Nervo. Son honras fúnebres en recuerdo de la musa presentada en estado puro, desencarnada. Memoria blanca, castidad, custodia trágica del cuerpo lívido y final.

“Por un camino blanco tu espíritu vendráBuscando mi cansancio y aquí me encontrarás....”
(“Verdemar”, con música de Carlos Di Sarli)

Existe una vasta tradición literaria que une el amor y la muerte como destinos paralelos, probablemente las más altas cumbres de esta asociación sean “Romeo y Julieta” de Shakespeare, “Werther” de Goethe, “El retrato oval” de Edgard Allan Poe, autores frecuentados, tal vez, por José María Contursi durante los años de su formación. La finitud de la vida se contrapone a un amor desbordante que reclama la eternidad, tal como sucede en el tango “Más allá”. Pero el tango más profundamente luctuoso de la entrañable producción de José María Contursi es “Claveles Blancos”, con música de Armando Pontier. Para aumentar el clima dramático el poeta construye la escena de la agonía, en “Claveles Blancos”, describiendo un gesto enredado en las luces de la fe: “Se durmió besando el sueño aquél/ que nunca se cumplió...” La muerte presentada como un sueño es un tópico manido pero eficaz, consagrado por el uso, Shakespeare mismo lo menciona en el famoso soliloquio de Hamlet que al referirse a la muerte dice: “Morir...dormir...quizá soñar...” Es sorprendente la insistencia que hace Contursi sobre la expresión “nunca más” que recuerda al famoso poema The Raven -“El Cuervo”- de Edgard Allan Poe con su persistente “never more, never more”. El cuervo no es otra cosa que un emisario de la muerte por lo tanto su presencia en los confines de la noche es una señal agorera y esta cercanía de la muerte ha sido una obsesión de los poetas próximos al espíritu taciturno del Romanticismo.
“Un telónde sombras..., nada mástu ausencia me dejó,¡nada más, nada más!(“Claveles blancos”, con música de Armando Pontier)

En “Verdemar” y en “Claveles blancos” José María Contursi esboza una pintura de la vida consumida, de la muerte consumada, pero también está la presencia cercana de la muerte en obras como “Toda mi vida”, “Garras” y “Sin Lágrimas”. Esta muerte posee la ambigüedad del pathos romántico, es decir, puede ser leída como presentimiento, como metáfora o como expresión de deseo para alcanzar el olvido salvador, esa forma de borrar la ausencia disolviéndonos la vida.

“¡Es tan poco lo que faltapara irme con la muerte!Ya mis ojos no han de vertenunca, nunca...”
(“Toda mi vida”, con música de Aníbal Troilo)
“Ya mi pobre vida terminó... y estoy vacío,muerto para el mundo y para vos mi corazón.Agonía cruel... Luego soledad...Este llanto tuyo y nada más...”
(“Garras”, con música de Aníbal Troilo)
“Ahora que siento el frío de la muerte,ahora que mis ojos no han de verte...qué importa que otro tenga tus encantos,si yo se que nunca nadie puede amartetanto, tanto como yo te amé...”(“Sin Lágrimas”, con música de Charlo)

La agonía, esa antesala de la muerte, adquiere un valor confesional, casi testimonial, con sabor a balance postrero, y veladamente es una apelación a la conciencia del ser amado, es una exhortación a su memoria tal vez para tantear una forma de salvación mediante el recuerdo. Si la muerte es el olvido por exacerbación de la ausencia en su dimensión más plena, la única vida posible para el enamorado que muere es asegurarse un espacio en la memoria de la mujer amada. Tal vez el énfasis puesto en la muerte persiga la ilusión de dejar una marca, una huella que convoque el remordimiento.


6- LA SUBJETIVIDAD ESCENIFICADA

José María Contursi prefería narrar los sentimientos del personaje que sufre en primera persona antes que elaborar una trama o construir una pequeña historia. No se caracterizó por relatar sucesos en sus tangos, sino por reflejar estados de ánimo. Su aporte se inscribe en uno de los recursos paradigmáticos del Romanticismo: la atomización del mundo a la subjetividad, la reducción del universo al Yo romántico, a la individualidad del sujeto que padece, ensimismado, abandonado, los avatares de un dolor que lo desborda. Los tangos de José María Contursi donde se describe el ambiente ofrecen proyecciones de una subjetividad desbordada y confesional: “el callejón sin luz” de “Garras”, “la casita y los árboles que pintan sombras” de “Bajo un cielo de estrellas”, y todas las confidencias de la naturaleza personificadas en el mar, la lluvia, la luna, el viento, la luz.

“La noche encendió faroles de azul,
en mi corazón la noche eras tú...”
(“Es mejor perdonar”, con música de Pedro Laurenz)

La identificación del paisaje con los sentimientos o con la figura de la persona amada, acentúa esa concepción de que el amor excede el marco interno del sujeto para reflejarse en los elementos del mundo circundante.

“¡Qué ganas de llorar en esta tarde gris!
En su repiquetear la lluvia habla de ti...”
(“En esta tarde gris”, con música de Mariano Mores)
La lluvia y la noche adquieren un protagonismo absoluto en los tangos de José María Contursi. Si en los diccionarios de símbolos se acentúa el carácter fértil de la lluvia, en el contexto dramático de los versos de Contursi los temporales, las tardes grises, la borrasca es una exteriorización de la angustia del personaje, contribuye a escenificar climáticamente el desborde, el llanto interior, la congoja irrefrenable. El clima acompaña el desmoronamiento anímico del hombre que recuerda detrás de la ventana.
“Llueve,sobre mi amor desventurado...sobre mi tránico pasado...¡sobre mi muerta juventud!”(“Entre la lluvia”, con música de Juan Carlos Howard)
“Lluvia sobre el marque va encrespando las aguas al golpeary que pone un tulque como un manto de sombras es azulese fue mi amor descontroladocon mis celos desatadosen tu vida pobre vida resignada...”(“Lluvia sobre el mar”, con música de Armando Pontier) “La lluvia castigando mi angustia en el cristal
y el viento murmurando : Ya no vendrá jamás...”
(“La noche que te fuiste”, con música de Osmar Maderna)
Las luces y las sombras, las tinieblas, el poder gravitatorio de las opacidades se identifican también con los sentimientos y con los personajes. Así al comienzo del tango “Tú”, acaso su letra más esperanzada, identifica a la mujer amada con una irradiación solar.
“Llegaste como un rayo deslumbrante de luz...¡Yo andaba por el mundo sin amor ni quietud!”
(“Tú”, con música de José Dames)

La mujer es luz en tanto se la identifica con las bondades de la vida, y con esa ansiada salvación anhelada en tantas letras.
“¡Ves...yo era un grito de rencoren el trágico finalde mi desesperación!Ves...todo aquello se esfumócomo brumas en el maral llegar la luz del sol...”
(“Tú”, con música de José Dames)

“Como luciérnaga llegótu luz y disipólas sombras de mi rincón...”(“Sombras nada más”, con música de Francisco Lomuto)



José María Contursi escenifica la subjetividad de sus personajes aferrados a la evocación para enfatizar aún más el sentimiento de pérdida o de añoranza mediante la creación de un entorno, de un contexto, de una escenografía favorable a la situación anímica que atraviesan. Ese panorama de luces y sombras revela al asomar entre los intersticios de la memoria la certeza de que todo lo vivido y lo sufrido no constituyen un sueño, una alucinación, ni un espejismo sino una exhumación piadosa que hace la memoria de un pasaje vencido en un espacio y en una situación donde lo externo es una prolongación o una proyección de lo interno, no hay diferencias entre una dimensión y otra, ambas constituyen la expresión de una misma pena, la unidad de un sentimiento de congoja por la ausencia, la mise en scène de una elegía .

“¡Sombras, nada más,entre tu vida y mi vida...Sombras, nada más,entre mi amor y tu amor!”
(“Sombras nada más”, con música de Francisco Lomuto)“A veces,cuando en sueños tu imagen aparece,radiante y fugaz como un rayo de sol...”
(“La noche que te fuiste”, con música de Osmar Maderna)

Por último diremos que la obra de José María Contursi es una oscilación de luces y sombras que se suceden en una retahíla de emociones en tono menor, es la vida en penumbras del hombre que, sentado en la última mesa, cerca de la lluvia, conversa con todas las formas posibles de la ausencia.

Gustavo Provitina
La Plata, 17 de diciembre de 2011.
[1] Ignacio Corsini cantaba: “...busqué en el alcohol/ calmar mis inquietudes...” que nos parece más acertado.
[2] Bierce, Ambrose Diccionario del diablo Buenos Aires, Andrómeda, 2007-.
[3] Bataille, G. Breve historia del erotismo, Uruguay, Ediciones Calden, 1981.